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    Aguas abajo de las Casas de Fuentegarcía* y entrando en tierras de Castilla, nos encontramos las primeras paredes que dan su nombre al río Tajo: grandes cortados de piedra caliza que van creciendo cada vez más, así como avanza nuestro viaje.

    Cuando el pequeño arroyo que parte de Frías de Albarracín recoge las aguas de su primogénito, el Hoz Seca, comienza la vertiginosa fiesta del agua. Nos encontramos ante un río que en su niñez, a casi mil kilómetros de la desembocadura, no se deja ya cruzar de orilla a orilla por cualquier sitio: contados son los vados y puentes por los que franquearlo. Fluye entre constantes rápidos, cascadas y repentinos recodos, alternados por remansos de agua clara y cristalina en los que se reflejan las gigantescas piedras caídas al fondo del cañón desde lo alto de las paredes no se sabe cuando.

    Oculta queda pues, al fondo del valle, entre la vegetación y las rocas, una línea de agua difícil de hollar y aparentemente intransitable.

    Intransitable para aquellos que no han conocido otra vía de comunicación que las cómodas y costosas carreteras. Pero no hace muchos años era el único medio de transporte que podía encontrarse en esta escondida comarca. Y como la mayor riqueza del bosque, flota, por aquí eran transportados los palos (troncos) que tanto necesitaba la civilización cuando el cemento y el hierro aún no existían o su uso era escaso.

Enelribn.jpg (33661 bytes)    Cuentan los cronistas que ya llegaban los palos a Aranjuez, mientras en el Alto Tajo aún los estaban echando. Las ingentes cantidades de madera que entonces se consumían las transportaban los gancheros en estos ríos difíciles e intrincados. Colegas de almadieros y navateros. Dirigían interminables reatas de troncos aprovechando las corrientes de agua.

    La del río era una vida dura. Sin techo ni descanso; muchas veces para desheredados. Mala fama ostentaban, pues eran gentes de paso y fortuna incierta.

    Pero la herencia de los gancheros permanece en la Sierra tan viva como siempre. Los relatos de los ancianos, los restos de las presas e ingenios que utilizaban para dominar la maderada, y sobre todo, el temor al río. La admiración por el valor de estos hombres que saltaban de tronco en tronco sin saber nadar, caminando sobre las frías aguas del deshielo primaveral.

    Duele en el alma ver como una forma vida -que aunque nadie quería- ha desaparecido. Y este sentir nos ha dado fuerzas para volver a echar los palos al río.

    Fue en septiembre del 97 la primera vez que tuvimos la oportunidad de salvar un oficio perdido. De la mano de los ancianos que tendieron un puente en el tiempo para nosotros mojándose otra vez.

    Cuando sonó el primer golpe de hacha, sonó quedo. El pesado silencio después de tantos años era difícil de romper. Hombres y mujeres, ataviados con antiguos paños largo tiempo guardados en el arcón de la abuela, trabajaban en la orilla para echar el primer palo al agua. Parecían sombríos tras el frío de la mañana.

    Pero las rosquillas y el licor Alcarreño rompieron, poco a poco, el cascarón de sus corazones y los comentarios jocosos empezaron a caer como las primeras gotas de lluvia de una tormenta. No eran las fiestas de un pueblo. Era una jornada de trabajo que cuanto más se trabajaba más fiesta era.

    Bajaron los palos. Eran pinos buenos. Un chopo que se había colado en la maderada fue devuelto a la orilla, entre los suyos. No era de la familia. A la salida del primer remanso vino la primera dificultad. Colocamos varios palos represando hacia donde más corría el agua, siguiendo el consejo de los ancianos, y la madera fue yendo sola hacia la salida, volviendo a flotar tranquila por la siguiente tabla del río; huyendo río abajo de los ganchos. Los pies mojados no se quedaban fríos esperando. Una y otra vez había que clavar el gancho. La herramienta se dejaba manejar con precisión. Detrás de un palo venía otro y cuando pasaba el último, antes de ir a buscar el siguiente puesto río abajo, siempre quedaba el río atrás; tranquilo y fuerte como siempre. Ajeno al trasiego de los hombres.

    En los rápidos el trabajo en grupo se organizaba sólo; siguiendo las leyes del río. La sensación de sentir el gancho clavado en la madera y ver cómo el tronco obedece tras un tirón certero; el enorme cuerpo de madera izado por cuatro ganchos cruzados y llevado a un nuevo destino, la fuerza del agua empujando de abajo a arriba, de arriba a abajo...

    Allí había gentes de Poveda, de Peñalén, Zaorejas, de Taravilla, de Teruel...

    Cuando salimos del agua -los troncos trabados-, en la Fuente del Aguabuena, estaba la fiesta servida. Pero en buena tradición, cuando los gancheros nos acercamos a la entrada, un grupo de ciudadanos nos cerró el paso: no éramos bienvenidos. Cansados, hambrientos y a pesar de todo, con ganas de festejar, nos quedamos helados. Fue un extraño ser: la Botarga, la que nos sacó de nuestro estupor y nos abrió las puertas.

    Tras su máscara, con estrambótica vestimenta y el alegre ruido de una enorme carraca, rompió la tensión y sólo quedó la alegría. Los rostros sombríos se apartaron. Los músicos, venidos desde Molina, tocaron y tocaron bien. Unos leñadores asturianos (el Pola y sus amigos de los Seis Concellos) nos enseñaron lo que se hacía con la madera cuando estaba fuera del río. Da miedo ajeno ver a alguien con el hacha en la mano, a cinco metros de altura, cortando un árbol sin otro seguro que sus pies. Nos era desconocida la espectación de asistir a los certeros golpes de una competición de corta de madera.

    Resucitaron también antiguas recetas de aquí. Escabechados, arroces, migas, calderetas... Dulce y salado; frío y caliente. Todo a partir del mismo ingrediente: lo auténtico.

    La comida de hizo escasa, no por poca, sino por muchas bocas... y por exquisita. La riqueza gastronómica de la Sierra abrió sus alas: tan alto la vimos volar que se perdió de vista.

    Después de comer seguimos jugando. Tiramos de la soga, lanzamos las pesadas barras aragonesa y asturiana. Jugamos a los hinques, y bailamos gancheros y gancheras hasta el atardecer.

    Por la noche continuó la fiesta, con más música, en las Casas del Salto y hasta el amanecer. Las antiguas vestimentas tradicionales volvieron a sus arcones con otra vida. Ahora solo tenían que esperar un año para volver a ver la luz del sol, pues había algo que quedó tan claro como el agua del Tajo: esta fiesta había que repetirla.

(*) Lugar donde nace el Tajo.

Diego Zuriaga del Villar.

 

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